¿Liderazgo?

Desde hace ya más de 2 décadas que el liderazgo se ha puesto de moda. Pareciera que éste se hubiera convertido en el ideal de la sociedad post moderna, a diferencia del heroísmo del renacimiento y de la santidad de la cristiandad medieval.

En un sentido el paradigma del «hombre» se ha debilitado frente a la sociedad light de estos tiempos. Vemos esto de manera más acuciante cuando profundizamos en la aproximación cultural que surge frente al fenómeno del liderazgo.

Basta con ver las imágenes que se asocian hoy en día al liderazgo: un manager con terno, cogiendo un maletín, solitario, en la cima del mundo, sobre los demás. Imagen que revela la gran necesidad de poder, status, dinero y autoafirmación que tienen las personas… Sin darnos cuenta estamos persiguiendo los ideales materialistas de las sociedades capitalistas y asumiéndolos como meta de la existencia.

El capitalismo nihilista ha infectado el concepto de liderazgo. No en vano se cree actualmente que los managers y los líderes son personas extraordinarias, superdotadas, autosuficientes, que pueden conseguir sus metas y cualquier cosa que se planteen, en donde quizás el «valor» supremo sea el éxito.

Este es un liderazgo individualista y como consecuencia utilitarista, que busca sus propios intereses y afanes, los demás le sirven, pero quien «lidera», no sirve.

No lo hace y probablemente nunca servirá porque justamente no le interesan sinceramente ni sus colaboradores, ni sus clientes. Las personas que ejercen este «estilo de liderazgo» terminan conviertiéndose en mercantilistas de grupo, los cuales en algún momento rompen con la unidad y cohesión de grupo, contagiando con sus vicios al resto de la organización, infectándola de un cáncer que tarde o temprano la llevará a la fractura y consiguiente desmoronamiento…

¿Cómo sacar lo mejor de los colaboradores?

Para sacar lo mejor de los colaboradores es preciso primero confiar en uno mismo, haber trabajado sobre las propias inseguridades, para poder escuchar abierta y serenamente a los demás, sumando las ideas y aportes de los compañeros o colaboradores y no tomándolos como competidores.

Es necesario saber indicar el norte y trabajar sobre una visión compartida, el horizonte debe quedar claro, así como también la estrategia fundamental a seguir, la hoja de ruta. Recordemos que cualquier camino es posible para aquel que no sabe a dónde va. Esto último trae consigo la pérdida de esfuerzos y de recursos.

Resulta necesario confiar en los demás, delegando tareas y responsabilidades, haciendo que los demás se autoexijan, evitando así la figura del jefe-vigilante, permitiendo con esto un ambiente laboral cálido y flexible.

Es fundamental ser emocionalmente inteligentes e impulsar a las personas a poner al servicio de la organización sus dones y talentos, los cuales primero hay que identificarlos y luego valorarlos.

Por otro lado resulta clave reconocer personal y públicamente el esfuerzo, trabajo y desempeño de los demás, sin caer en la exageración. Nunca uno debe ganarse los aplausos del trabajo de otros, la transparencia y humildad son fundamentales.

No hay que olvidarnos del feedback contínuo para mejorar. Al realizarlo hay que utilizar la inteligencia emocional y la comunicación efectiva para no herir ninguna susceptibilidad. Para esto resulta clave aprender a escuchar al otro y aprender a ver la realidad de este, así lograremos ponernos en su lugar, comunicándonos y expresándonos de manera fidedigna.

Al analizar un tema en cuestión hay que emitir preguntas en lugar de buscar imponer nuestras propias respuestas, esto permite un clima de trabajo horizontal en donde los colaboradores se sienten en la confianza de expresar sus ideas, porque saben que son valoradas, respetadas y tomadas en cuenta; esto al jefe le da la posibilidad de tener muchas perspectivas sobre el tema en cuestión y si además decide junto con sus colaboradores habrá conseguido el compromiso de los mismos para el logro de los objetivos propuestos.

De esta forma uno logra sacar lo mejor de las personas, y esto es motivo de alegría para ellas y para quien ayuda a esto, y así el trabajo se hace muy estimulante, no hay nada destructivo, todo es constructivo, y los errores son oportunidades de aprendizaje, no de malestar…

Coherencia organizacional

En el mundo organizacional también se descubre la necesidad de la coherencia entre lo que la filosofía organizacional dice y lo que en la práctica se hace.
Como dice un viejo adagio: «quien no vive como piensa, termina pensando como vive…»
Obrar de espaldas a la filosofía organizacional conduce a las organizaciones, tarde o temprano, al fracaso. Sin esa coherencia no responderán a su auténtica razón de ser, ni perseguirán el futuro deseado; cayendo así en la disonancia cognoscitiva y en la dispersión organizacional, en donde los recursos se emplearán de manera ineficiente y en donde las personas terminarán perdiendo la motivación al no trabajar en un proyecto coherente, consistente, con sentido y dirección…

Si los desaciertos organizacionales se hacen costumbre, se terminarán formando los vicios organizacionales, los cuales se refugian en las racionalizaciones, es decir: en pensamientos justificatorios que las personas se hacen sobre la manera de proceder en sus instituciones, llegando incluso a cerrarse a cualquier necesidad de cambio.

Las racionalizaciones terminan generando un mal clima organizacional en donde: la crítica constructiva, la innovación y la creatividad e incluso los nuevos liderazgos; son abortados, antes de nacer…

Otra consecuencia de la falta de coherencia organizacional es que la organización y sus líderes pierden la credibilidad y confianza de sus diferentes stakeholders (la fidelidad de colaboradores y clientes, por ejemplo).

Para concluir hay que recalcar que por muy eficaces que sean las organizaciones, si viven de espaldas a su identidad, filosofía y proyecto organizacionales, terminarán perdiéndose en el desgobierno con todas las implicancias prácticas (escasa retención del talento humano, pérdida de nichos de negocio, pérdida de clientes, deslegitimación social, etc.), con lo cual no se pueden desarrollar organizaciones sustentables en el tiempo…

¿Toma de decisiones en plena turbulencia?

En los negocios, como todo en la vida; no se pueden tomar decisiones en medio de la turbulencia.
La turbulencia es todo aquello que no nos permite ver con claridad la realidad y que nos impide profundizar en torno a los motivos de nuestras acciones (al por qué en realidad hacemos lo que hacemos), así mismo nos impide darle su verdadera magnitud a los problemas y pensar en la solución a los mismos.
Las crisis o turbulencias rompen con el equilibrio intelectual y emocional, revelando una oportunidad de aprendizaje estructural para la vida de quien la experimenta, un área de mejora, un campo inexplorado que requiere ser conocido y desarrollado.
Ante estos escenarios de inestabilidad es poco conveniente tomar decisiones fundamentales, es decir: aquellas que cambian nuestro horizonte, nuestro proyecto de vida u organizacional.
Es pues preciso que se restablezca la calma emocional primero, para luego ver con la suficiente claridad la realidad de las cosas, superando así la visión de lo que en primera instancia se nos presenta como verdad (aparente) o como algo muy confuso de comprender y por lo tanto de aceptar.

Usando una metáfora muy ilustrativa diremos que cuando las aguas están agitadas, hay que evitar exponerse demasiado a factores externos que la zarandeen y evitar uno mismo con sus propias manos agitarla más.

Hay que esperar a que las aguas se calmen, a que reposen, hasta el punto en que se pueda ver lo que hay debajo de ellas, recién ahí será prudente tomar decisiones. Estas responderán a la realidad de las cosas y no a los subjetivismos o racionalizaciones que nos hayamos podido ir haciendo durante el proceso de crisis, ya sea por querer aferrarnos a la situación de siempre (falsas seguridades) o ya sea por inventarnos «razones surrealistas» para cambiar de posición.

Las decisiones importantes se toman cuando uno se encuentra en equilibrio, reposado, cuando uno puede ver con la suficiente claridad la realidad de las cosas, su realidad interior y las motivaciones y necesidades auténticas.

Pero para tomar las cosas de esta manera hay que aprender a ser paciente con uno mismo y aguardar con reciedumbre interior a que las emociones reposen para que así la inteligencia pueda ver con claridad y decidir correctamente, sabiendo que siempre habrán riesgos menores que tomar (porque vivimos en medio de seres libres), pero comprendiendo que una cosa es tomar riesgos realistas y otra muy distinta: vivir esclavo de las emociones (pasajeras o permanentes), cambios frecuentes, falsas seguridades (pasadas o futuras) y estadíos de confort…

Ruptura entre la teoría y la acción

Las empresas y organizaciones se manejan dentro de la esfera de la acción, sin embargo si el accionar de las mismas carece de una previa y constante reflexión sobre su razón de ser, norte, estilo y maneras de proceder; aquellas se quedarán huérfanas de pensamiento y su accionar se perderá en la dispersión y se reducirán en la praxis a la dimensión de la eficacia, a los resultados; lesionando, sin darse cuenta, la atractividad y unidad de la organización; con la consiguiente pérdida del compromiso del factor humano y las grandes posibilidades de crecimiento que éste ofrece cuando se desarrolla en un entorno favorable.

Cuando la acción no tiene teoría, reflexión o contenido de por medio; se termina cayendo en la rutina, producto del sin-sentido del trabajo y de la anárquica administración y gestión de la organización. El trabajo sin-sentido termina des-motivando a los trabajadores con las consecuencias que se generan, como por ejemplo: la falta de identificación con la organización, el poco esfuerzo que se pone en las labores, la pérdida de la creatividad e innovación, etc…

Por otro lado: tenemos a organizaciones muy bien pensadas, pero que adolecen de una plasmación concreta de su filosofía y aspiraciones en la realidad, quedándose todo en sueños o utopías. Este tipo de gestión surrealista termina mermando también la atractividad y la unidad en el mediano plazo, dado que pierden la credibilidad y el compromiso de los trabajadores y de sus stakeholders.

Es preciso restaurar esa ruptura entre pensamiento y acción, evitando caer en los extremos: el de la utopía y el de la rutina. Hoy más que nunca se requieren managers reflexivos que puedan volcar estratégicamente las ideas en la acción concreta de las organizaciones que lideran…

Enfoque para enfrentar la adversidad

Con los años uno comprende que los problemas que la vida nos presenta, pueden ser tomados como oportunidades para aprender, crecer y forjar el carácter.

Conozco a personas que supieron salir adelante de graves problemas ajenos a su voluntad y de rotundos fracasos ya sea en los negocios, como en sus relaciones interpersonales y que hoy, gracias a todo lo aprendido, se desenvuelven equilibrada y consistentemente en la vida personal y en el mundo profesional.

Para lograr tal actitud frente a la vida, y aprender de la adversidad, es necesario comprender que los problemas y las crisis, nos brindan muchas oportunidades, y que lejos de rechazar las experiencias de sufrimiento (fugando con suscedáneos para compensarnos emocionalmente) es preciso asumirlas con realismo, con optimismo dramático…

Hay que aprender a ver la realidad con objetividad y sin indiferencia a las emociones; pero des-dramatizando, es decir: quitándole la distorsión que la subjetividad desarraigada de la realidad, produce…

Hay que evitar caer en los extremos: el del racionalismo desprovisto de sentimientos y el sentimentalismo desprovisto de razones.

En el primer caso si bien se puede analizar la realidad con mayor frialdad, no se le llega a analizar completamente, dado que se reduce el análisis a un aspecto y se excluye aquella dimensión de la existencia que le da color e intensidad a la vida y que permite ponerse sinceramente en el lugar del otro.

En el segundo caso, si bien se pueden sentir de manera particular las alegrías y dolores propios y ajenos, al estar desprovistos de la razón, se andará por la vida sin rumbo claro, sometidos a la dictadura de las emociones y a la falta de libertad auténtica (por más espontáneo que uno sea); así pues el accionar estará sometido al imperio de la emoción y divorciado de la verdad y del bien verdadero.

La solución radica en tener una cabeza fría al servicio de un corazón caliente, las cosas pre-claras, y sentimientos acordes a la realidad, no a espejismos…

Todo esto forjará la inteligencia y la voluntad, se irá creciendo en sabiduría y valentía, aspectos clave para vivir con sentido e intensidad, enfrentando de manera constructiva la adversidad … apasionándonos por la verdad y la vida… saliendo adelante de cualquier situación, por más difícil que parezca…

Creatividad efectiva

Estamos presenciando nuevos cambios en el escenario económico mundial, no obstante si somos creativos podemos tomar las oportunidades en vez de paralizarnos frente a la crisis.

Para esto es necesario profundizar en torno a la creatividad efectiva:

La creatividad efectiva no se queda en el brainstorming, en la feroz lluvia de ideas, en «lujuria» intelectual. La creatividad efectiva busca soluciones reales a los problemas y oportunidades que se presentan en el entorno.

Para lograr la creatividad efectiva es necesaria una buena dosis de humildad, no pocas veces las ideas que se exponen en los ámbitos laborales surgen de la subconsciente necesidad de sentir aprobación y afirmación del jefe y compañeros; quedándose luego esas ideas ahí: en el aire y confirmando que se dieron por un afán de auto-exhaltación y no de búsqueda verdadera de soluciones. Con esto se pierde tiempo y energías, porque sucede con frecuencia que las personas que buscan afirmarse, cuando surgen ideas opuestas, en vez de abrirse al diálogo a la luz de lo mejor, se atrincheran en sus ideas, en el fondo en sus sentimientos de aprobación o rechazo.

Por eso lo necesario de trabajar en equipo en clave de humildad. Entendida ésta como andar en verdad y vivida desde el servicio concreto a los demás, nos llevará a ser auténtica y efectivamente creativos, buscando soluciones reales a los problemas para posteriormente ejecutarlos y contribuir con esto a transformar la realidad…

El Talento para el Servicio

Los talentos son dones con los cuales las personas han nacido y/o que han venido desarrollando o adquiriendo durante la vida.

¿Qué hacen la mayoría de personas con sus talentos?

Toman algunos de sus talentos para poder «desarrollarse» en este mundo competitivo, pero casi siempre pensando solamente en sí mismos, en esa famosa auto-realización, palabra manida que se ha legitimado en nuestra cultura y que sin un aparato crítico jamás cuestionaremos profundamente.

La realización del ser humano no está solamente en el despliegue de sus talentos, no está enfocado fundamentalmente en torno a sí mismo, sino y sobretodo en el servicio concreto que con los dones y talentos se preste a los demás, ayudándolos a alcanzar su desarrollo integral.

Entonces cabría cuestionarnos si usamos nuestros talentos solamente para nosotros mismos, y si acaso esto no tiene una relación directa con alguna insatisfaccción interna, en el trabajo y en otros ámbitos de la existencia.

¿Somos de quienes seguimos el modelo individualista de realización?, de esa famosa auto-realización por la cual vivimos para trabajar, trabajamos para consumir, y consumimos para sentirnos «realizados» con lo que hemos alcanzado, tenemos y gozamos…

O más bien: somos de quienes trabajamos para satisfacer las necesidades de otros, experimentando así 2 ámbitos de despliegue: el personal y el social. El primer ámbito está directamente relacionado al desarrollo de nuestros talentos, habilidades, conocimientos; y el segundo ámbito a la satisfacción producto de nuestro accionar en la vida de los demás.

Adecuando una frase sabia, diremos: que quien no trabaja para servir, no sirve para trabajar.

Entendámoslo bien: el servicio no se opone a la eficiencia del obrar, por el contrario, nos hace más diligentes y eficientes, por cuanto buscamos lo mejor para nuestro cliente (sea interno o externo).

Tampoco se opone a oficio alguno, el servicio es la dimensión más profunda de cualquier trabajo.

Por otro lado cabe la aclaración de que el servir no imposibilita a nadie de gozar de un salario, y es que esto último es legítimo por un criterio de justicia: ya que quien trabaja merece (y necesita) su paga.

Para concluir decir que si el talento no se emplea para el servicio, en vano nos afanamos haciendo cosas, porque las satisfacciones del talento individualista son efímeras, solo trasciende el talento que mira fuera de sí, más que a sí mismo…

La rutina y el sentido del trabajo

La rutina es quizás la peor enemiga para el trabajo, ya que anestesia el ánimo y convierte a los trabajadores en personas mecanizadas, restándoles creatividad y la motivación necesarias para trabajar buscando satisfacer las necesidades de las personas implicadas en esa comunidad de personas que es la empresa.

Cuando empecemos a experimentar que el trabajo o la vida se rutinizan, hay que darnos cuenta que una alarma está sonando, lo que nos indica que posiblemente hayamos perdido el sentido en lo que estamos haciendo.

Es necesario entonces recuperar la visión trascendente, aquella por la cual entendemos el trabajo como un proyecto, en donde aportamos con nuestros dones y talentos a la configuración de un mundo mejor, en donde las personas puedan alcanzar su desarrollo integral y dirigirse hacia la plenitud de su existencia.

El trabajo, cualquiera sea éste, tiene la finalidad de satisfacer las necesidades legítimas de las personas; en el fondo las labores cotidianas deberían estar orientadas a servir a los demás, así vemos que el médico sirve a las personas al curar su salud, el arquitecto sirve a las personas al diseñarle una casa o una ciudad mejores, el barrendero sirve a las personas limpiando las calles (dejando así el entorno lo más acorde posible a la dignidad de toda persona), el cocinero sirve a las personas preparando comidas nutritivas y exquisitas, al administrador sirve a las personas al maximizar el valor de los recursos de la empresa para el cumplimiento eficiente de los objetivos de la misma.

Para que la rutina no nos gane es necesario revalorar la dimensión trascendente de nuestro trabajo, el sentido que este tiene, el valor que genera a los demás, el servicio que presta.

Decir mucho, hablando poco

No pocos marketeros piensan que talento es llenar de palabras a quienes los escuchan, llámense jefes o socios estratégicos, para asi persuadirlos de «comprar» sus ideas.

Este es un error común. Comunicar es transmitir con veracidad la idea en cuestión.

Exagerar en el habla genera la sensación de deshonestidad o mentira.

Por eso lo importante de decir mucho, hablando poco o lo necesario. Para esto es vital desarrollar la capacidad de síntesis que resuma lo fundamental y sobretodo trabajar en evitar la autoexhaltación y afirmación del «yo» en aquello que se dice o busca transmitir, lo cual filtrará los mensajes exagerados, fragmentados o distorsionados; siendo así fieles a la finalidad de comunicar la idea en cuestión.

Sólo así podremos empezar a practicar el habla plena, hablando poco y diciendo mucho…