Así pues, la palabra puede resolver trabas o construir murallas entre las personas. Con la palabra se pueden estropear las relaciones humanas, ya sea descalificando al otro, humillándolo, criticándolo en público, hablando a sus espaldas o incluso adulándolo en su delante…
La palabra debe ser humanizante, y dependiendo de las circunstancias: paciente o enérgica, pero siempre veraz, respetuosa y constructiva.
Preguntémonos que palabras usamos para comunicarnos con los demás (materia), cómo las decimos (modo), con qué finalidad (motivación) y bajo qué circunstancias (tiempo y lugar).
Al respecto de todo esto no olvidemos la máxima que dice: si aquello que vas a decir, aún siendo verdad, no lo dices movido por la caridad, es mejor callarlo, hasta que sea el fuego de la caridad el que te motive a decirlo…
Tengamos pues dominio o maestría de nuestras palabras y de esta manera generemos climas emocionales positivos en el trabajo, en la familia, entre amigos y en nuestra sociedad…
