La vida, el negocio

 
Estos días reflexionaba sobre las prioridades en la vida del hombre contemporáneo. ¿Qué cosas ponemos primero en la agenda y cuáles relegamos a la cantidad de tiempo disponible? Goethe expresaba con sabiduría que las cosas que más importan no deben estar nunca a merced de las cosas que importan menos.
 
¿En cuántos negocios, estudios y demás se mete el hombre moderno?, ¿cuál será el impacto de que la vida toda sea tratar de proyectos, habilidades y dinero? Observamos que en este prototipo de vida crecen el aprecio y estima por el conocimiento y los números, decreciendo el aprecio y estima por la virtud (humildad, gratuidad, generosidad, etc). Esta ausencia suele provocar que el ser humano se permita faltar antes a la vida personal/familiar/comunitaria que a los negocios y proyectos de “auto-realización”.
 
Para muestra un botón:
 
El año 2013 Ipsos Perú informó sobre los factores que contribuyeron a alcanzar el éxito profesional entre ejecutivos de las empresas top mil del país. El objetivo de este estudio fue dar a conocer cuáles son las características de estas personas y qué sacrificios han tenido que hacer para obtener los logros profesionales alcanzados. “En base a lo analizado concluimos que estos ejecutivos dedican, durante el día, muchas horas al trabajo, incluso en los fines de semana y en sus vacaciones. Su perfil, altamente competitivo, los empuja a un ritmo de vida muy intenso en el cual nunca se desligan por completo de sus responsabilidades empresariales”, señaló Alfredo Torres de Ipsos Perú.
 
Al respecto del último párrafo: esto no sólo es des-humanizante sino insostenible para el desarrollo del país, hay algo que regenerar en los modelos organizacionales.
 
En esa misma investigación: El 47% refirió que “siento que no tengo tiempo suficiente para jugar con mis hijos”, el  45% indicó que “quisiera estar más satisfecho con más aspectos de mi vida”, el 41% expresó que “siento que no dedico tiempo suficiente a mi pareja”, el 38% precisó que “me es difícil cenar con mi familia los días de semana, y el 32% mencionó que “no tuve tiempo para celebrar mi último éxito personal o laboral”. (Fuente: larepublica.pe)
 
De acuerdo a su situación en aquel año: tres de cada diez sentían que no lograban disfrutar de su vida a plenitud. El 36% refirió que “son más las veces que llego a casa y encuentro a mis hijos dormidos”; el  30%, “siento que no puedo disfrutar mi vida a plenitud; el 32%, “solamente salgo a cenar a solas con mi pareja en ocasiones especiales como en nuestro aniversario o en San Valentín;  el 27%, “en ocasiones he dejado de ir a eventos importantes (bodas, cumpleaños, etc.) por obligaciones laborales” y el 20%, “siento que los lunes son los días más pesados y me ponen de mal humor”. (Fuente: larepublica.pe)
 
En el año 2015, “según el índice de equilibrio vida-trabajo, realizado por Semana Económica e Ipsos Perú: El 70% y el 83% de los ejecutivos está satisfecho o totalmente satisfecho con su trabajo, respectivamente. Lo alarmante es que el porcentaje desciende cuando se les pregunta por su equilibrio vida-trabajo: solo el 58% está satisfecho o totalmente satisfecho, es decir que el 42% no alcanza una conciliación satisfactoria. Por otro lado: los gerentes generales son los únicos que pasan a duras penas la línea fronteriza de los 50 puntos. El 71% de ejecutivos reconoce que revisa correos del trabajo durante los fines de semana y el 52% que esos mismos días lo hace porque le gusta estar conectado para enterarse de los pormenores de la empresa.” (Fuente: semanaeconomica.com)
 
Continuando…
 
¿Cuánto tiempo le roban los negocios a la vida en Mayúsculas? Una persona me comentaba en una oportunidad que por atender a un potencial cliente, acortó la visita a su abuela enferma y a las horas volvió… para nunca más volver a verla. ¿Cuántas veces se puede haber postergado a un familiar, amigo o prójimo necesitado de uno, por atender en ese mismo instante una oportunidad “imperdible”?, ¿cuántas veces la comunicación humana puede haberse reducido a mero intercambio de información a través de las redes sociales?, ¿con cuánta frecuencia se visita el cajero y con cuánta frecuencia a los seres queridos? (seguramente aquí surgirán racionalizaciones o excusas como: la distancia, el tiempo, el tráfico… vamos que de fondo es el interés).
 
Es esta una época en la que la obsesión enfermiza por el tener ha trastocado la búsqueda por el desarrollo humano integral (en donde las relaciones humanas, entre otras; tienen un peso importante en la ecuación). El deseo enfermizo de poder, tener y placer suele ser el principio de una esclavitud que puede durar toda una vida…
 
Una vida será exitosa si la vida personal, familiar y comunitaria son también exitosas, no sólo la empresarial o laboral (dicho sea de paso: el éxito en esta dimensión debería “medirse” por cuánto aquella empresa ha mejorado la vida de las personas que trabajan en ella y la de sus clientes a través de los servicios y productos que ofrece y no solamente por la rentabilidad, que ya sabemos que existen empresas que generan good profit y bad profit). El éxito en el trabajo vs el fracaso en la vida personal es un rotundo fracaso existencial, barnizado por un poco más de peso en los bolsillos.
 
Las cosas se han hecho para las personas y no las personas para las cosas. Sin la virtud, cuán poco aprovechan los negocios, talentos y riquezas; y sin aquella incluso: ¡cuánto daño producen!
 
 
 
En una vida en donde todo gira alrededor de uno mismo, las personas terminan convirtiéndose en meros instrumentos y medios para la consecución de los intereses propios, reduciéndose las relaciones humanas a relaciones transaccionales. El ciudadano se reduce a potencial voto, el consumidor a ingresos, el alumno a la vanidad intelectual del profesor, el amigo a contacto, los conocidos a potenciales clientes, la pareja a placer sexual, los hijos a obstáculos. Nada más empobrecedor para la vida social y comunitaria. Al final de la existencia, de cara a la muerte, una vida así: ¿habrá valido la pena?, ¿habrá tenido sentido?…
 
La muerte es lo que nos iguala a todos. Las cuentas de ahorros, propiedades, conocimientos, status y fama no trascienden. Todos morimos como un amasijo de tejido, hueso y fluidos.
 
Entonces surge la pregunta: ¿qué nos garantiza una muerte/eternidad feliz?
 
En ganar esta debería estar nuestra meta, porque el éxito material sin esto último no sirve para nada. “¿Qué le aprovecha al hombre que gane todo el mundo si es en detrimento de su alma?” (Mt. 16,26). Aquí cobra sentido el buscar vivir no sólo cuidando el cuerpo (¡cuidado con el culto al mismo!) sino y sobretodo: cultivando el alma, pues ésta permanecerá cuando el cuerpo sea cadáver. «No amontonen riquezas aquí en la tierra, donde la polilla destruye y las cosas se echan a perder, y donde los ladrones entran a robar. Más bien amontonen riquezas en el cielo, donde la polilla no destruye ni las cosas se echan a perder ni los ladrones entran a robar…” (Mt. 6,19-20)
 
Si tuviéramos que hacer un balance al día de hoy: ¿cómo están los ahorros para la eternidad?, ¿quizás se estén acumulando muchas deudas que luego resulten impagables?, ¿cómo financiar los siguientes años?, ¿qué cambios realizar en la vida?, ¿qué acciones priorizar?, ¿qué nuevas decisiones tomar?, ¿a quién poner primero en la agenda?…
El verdadero negocio es la vida, y sólo la muerte esclarecerá los depósitos y retiros que hayamos hecho en la cuenta de ahorros de la eternidad…