Las decisiones de gobierno

La actividad empresarial requiere de ciertas propiedades que nos hacen referencia a una actividad de esta naturaleza: virtudes morales y creación de riqueza. Ambas son condiciones necesarias, pero si las consideramos de forma aislada resultan insuficientes.

El extremo economicista es resultado de directivos que confunden a las personas con máquinas y terminan tomando decisiones racionalistas y reducidas al plano económico.

El extremo sentimentalista es resultado de directivos que confunden a las personas con «animales» y terminan tomando decisiones sentimentalistas.

La síntesis que nos libera de estos extremos antagónicos es la racionalidad movida por una capacidad evaluativa sobre el impacto de las decisiones en el beneficiario y las consecuencias en el desarrollo de las virtudes morales en el decisor.

Esto último coadyuva al desarrollo del criterio de consistencia en la toma de decisiones, al talante de liderazgo del directivo y al despliegue de la dimensión de la unidad de la organización.

Por otro lado deben considerarse y desarrollarse los criterios de eficiencia y eficacia en la toma de decisiones, los mismos que coadyuvan al desarrollo del talante ejecutivo y al de estratega, y al despliegue de la dimensión de la atractividad y unidad de la organización.

La consideración de los criterios de consistencia, eficiencia y eficacia para la toma de decisiones corresponden al modelo antropológico humanista, mientras que la consideración de los criterios de eficiencia y consistencia corresponden al modelo psicosocial, en tanto que tomar únicamente la eficacia como criterio de toma de decisiones corresponde al modelo mecanicista.

El directivo será confiable en la medida de sus intenciones y competencias. En la práctica empresarial una persona noble sin competencia para tomar decisiones ejecutivas y estratégicas es tan perjudicial como una persona vil con competencia para tomar decisiones ejecutivas y estratégicas.

Por lo tanto para desarrollar un directivo integral debemos trabajar en la racionalidad económica, sociológica y ética.

Esta racionalidad será desarrollada en la medida que el directivo mida las consecuencias de sus acciones con prudencia.

Como puede verse: la ética no se reduce al análisis de los actos morales, sino que contempla la forja de virtudes morales en los decisores.

De estos se espera una unidad entre la vida profesional y privada ya que la consistencia lógica nos indica que es im-posible tener alguien virtuoso aquí y vicioso allá, dado que la persona y su carácter se mantienen en su núcleo fundamental en el trabajo y en la casa.

Así mismo se espera de los directivos virtudes operativas que denoten un aprendizaje en sus decisiones empresariales y funciones laborales cotidianas, de tal forma que además de buena persona ejerzan como profesionales efectivos que impacten en el devenir de organizaciones felices y desarrolladas porque sería contradictorio el resultado opuesto e incluso aquellos parciales, como puede ser el tener organizaciones felices, poco desarrolladas y con fecha de defunción.