En medio de la intensa actividad diaria resulta clave para un directivo tomar perspectiva con la finalidad de darse el espacio necesario para analizar sus criterios, ponderar sus decisiones para posteriormente ejecutarlas.
Reflexión y acción son dos caras de una misma moneda, las dos dimensiones del liderazgo.
La acción sin reflexión lleva al predominio de la voluntad sobre la inteligencia, con lo cual se deja de lado un talento del directivo que permite tomar mejores decisiones en términos de: eficiencia económica, responsabilidad ética e impacto en los grupos de interés de la empresa.
La reflexión sin acción lleva al predominio de la inteligencia sobre la voluntad, con lo cual se deja de lado un talento del directivo que permite ejecutar con sentido de oportunidad y determinación aquellas ideas y decisiones.