El enemigo de lo bueno es lo perfecto

Hace poco leí el libro sobre la felicidad del autor: Tal Ben Shahar. La idea central de aquél gira en torno al perfeccionismo y sus implicancias.

Este, el perfeccionismo, termina incorporandose en la vena de la cultura y transformando a las personas en buscadores neuróticos del éxito en las diferentes facetas de nuestra vida como en el trabajo y en el amor.

Las manifestaciones del perfeccionismo en el trabajo se denotan en la intolerancia al error propio y ajeno, con la consiguiente configuración de culturas empresariales poco: confiables, transparentes, flexibles, resilientes e innovadoras. En éstas fácilmente encontramos a directivos tiranos y colaboradores esclavos del miedo, rigidez y adicción al trabajo (porque en su afán de tenerlo todo controlado, debido al miedo al fracaso o a la critica, no escatiman en el tiempo que demanden las irreales expectativas propias o ajenas).

Esto último demuestra el costo que pagamos cuando caemos en comportamientos perfeccionistas: desequilibrio e infelicidad.

De igual forma el perfeccionismo cuando se introduce en el mundo de las relaciones amorosas provoca la búsqueda insensata de la pareja perfecta, la emotividad invariable, etc.

Esto último es irreal y vivir de espaldas a la realidad provoca que las personas vivan en estado de fuga: ya sea buscando lo inalcanzable y rechazando opciones óptimas o por el contrario renunciando completamente al amor (porque si no es perfecto, no vale; dicen algunos).

Reflexionemos sobre la
necesidad de combatir nuestras creencias irreales, buscando con los ojos desvendados apreciar los matices de la realidad y vivir conforme a ellos; buscando lo óptimo en lugar de lo perfecto, disfrutando del viaje de la vida sin perder de vista el puerto que nos espera, pero sin obsesionarnos con éste, nosotros y los demás.