¿Cómo estar en el mundo, sin ser del mundo? ¿Cómo no dejarnos arrastrar por los criterios del mundo y por el contrario ayudar a su transformación? ¿Cómo ser cristianos auténticos en medio del mundo?
La respuesta: Vivir la espiritualidad de lo cotidiano.
La espiritualidad de lo cotidiano debe llevarnos a encarnar nuestra fe en nuestras actividades diarias, viviendo lo ordinario de manera extraordinaria (reflexionemos sobre Jesús realizando actividades de carpintería), dándonos un tiempo de oración cotidiano (que aunque corto, nunca deje de ser intenso) y por otro lado haciendo de nuestro trabajo cotidiano una oración activa, un servicio concreto a las personas (realizado con competencia profesional y humana – «el bien, hacerlo bien»), y que éste siempre tenga como finalidad la de cooperar con la gracia en la construcción de la «ciudad de Dios».
Por otro lado: debemos practicar las virtudes sobrenaturales y humanas de tal forma que nuestra vida sea ejemplo que irradie y que atraiga a las personas hacia Dios, sirviendo nosotros de sencillos , pero eficaces instrumentos…
Para empezar esta ascética, tenemos que ir de lo externo a lo interno, para lo cual hay que empezar por someter, libremente, el cuerpo al imperio de la razón y del espíritu; logrando así conquistar la disciplina que facilitará todo lo demás y que evitará que el cansancio y la rutina nos gobiernen y nos quiten tiempo para nuestra lucha por la santidad.
Finalmente hay que tomar conciencia que tenemos que salir al encuentro de las personas con las que nos cruzamos cotidianamente, tratándolas como aquel prójimo del cual nos habla el evangelio, practicando con ellas la caridad y el amor… recordando que lo que hicimos o dejamos de hacer con ellos, lo hicimos o dejamos de hacer a Dios.
De esta manera podremos ser sal que da sabor y estar en el mundo, sin ser del mundo… además de experimentar el despliegue en nuestras relaciones fundamentales y al máximo de nuestras capacidades y posibilidades (siendo este un camino de santidad)…
