El mundo se ha vuelto tan dinámico que en la realidad laboral, las horas suelen quedarse cortas y ante los presupuestos establecidos las políticas de contratación de más personal queda sin efecto.
De aquello resulta que los trabajadores tengan que ser más productivos, pero en la práctica la productividad marginal del trabajo es decreciente, ¡vamos que nadie es una máquina!. Todo esto termina obligando a los trabajadores a quedarse más horas para cumplir con las metas establecidas. Quien no se queda es visto como alguien sin compromiso con la organización y si no: en la evaluación del desempeño le sacarán los trapitos al aire…
Así pues, los trabajadores se quedan más allá de las 8 horas de la jornada laboral, las cuales no son remuneradas en la mayoría de casos, sino simplemente compensadas como hora tipo.
¿Quién resulta ser el mayor afectado con todo esto?
De manera directa el trabajador (con su vida personal) y la familia del trabajador.
Y es que habría que preguntarnos: ¿qué tiempo le dedica uno al cultivo de sí mismo y al de su familia? ¿Cuánto tiempo para el diálogo efectivo? o es que ¿acaso no se pasa el poco tiempo sobrante en resolver las urgencias y necesidades más apremiantes de la casa?
Resulta fundamental reconciliar el trabajo con la vida personal y familiar. Luego no nos estaremos quejando de por qué tuvimos que pagar la factura de haber permitido el burn-out de nuestros talentos, con la consiguiente disminución de su productividad, aunque resulte paradójico.
Para finalizar quisiera ser crítico con los premios BPTW (Best Place to Work), no se trata de premiar a que las empresas mejoren el clima laboral con programas atractivos y políticas compensatorias, hay que ser más rigurosos con el equilibrio entre trabajo y vida personal o familiar, resulta fundamental y una línea de base sobre la cual medir otros aspectos que pudieran resultar secundarios o complementarios.