Desde hace ya más de 2 décadas que el liderazgo se ha puesto de moda. Pareciera que éste se hubiera convertido en el ideal de la sociedad post moderna, a diferencia del heroísmo del renacimiento y de la santidad de la cristiandad medieval.
En un sentido el paradigma del «hombre» se ha debilitado frente a la sociedad light de estos tiempos. Vemos esto de manera más acuciante cuando profundizamos en la aproximación cultural que surge frente al fenómeno del liderazgo.
Basta con ver las imágenes que se asocian hoy en día al liderazgo: un manager con terno, cogiendo un maletín, solitario, en la cima del mundo, sobre los demás. Imagen que revela la gran necesidad de poder, status, dinero y autoafirmación que tienen las personas… Sin darnos cuenta estamos persiguiendo los ideales materialistas de las sociedades capitalistas y asumiéndolos como meta de la existencia.
El capitalismo nihilista ha infectado el concepto de liderazgo. No en vano se cree actualmente que los managers y los líderes son personas extraordinarias, superdotadas, autosuficientes, que pueden conseguir sus metas y cualquier cosa que se planteen, en donde quizás el «valor» supremo sea el éxito.
Este es un liderazgo individualista y como consecuencia utilitarista, que busca sus propios intereses y afanes, los demás le sirven, pero quien «lidera», no sirve.
No lo hace y probablemente nunca servirá porque justamente no le interesan sinceramente ni sus colaboradores, ni sus clientes. Las personas que ejercen este «estilo de liderazgo» terminan conviertiéndose en mercantilistas de grupo, los cuales en algún momento rompen con la unidad y cohesión de grupo, contagiando con sus vicios al resto de la organización, infectándola de un cáncer que tarde o temprano la llevará a la fractura y consiguiente desmoronamiento…