La rutina y el sentido del trabajo

La rutina es quizás la peor enemiga para el trabajo, ya que anestesia el ánimo y convierte a los trabajadores en personas mecanizadas, restándoles creatividad y la motivación necesarias para trabajar buscando satisfacer las necesidades de las personas implicadas en esa comunidad de personas que es la empresa.

Cuando empecemos a experimentar que el trabajo o la vida se rutinizan, hay que darnos cuenta que una alarma está sonando, lo que nos indica que posiblemente hayamos perdido el sentido en lo que estamos haciendo.

Es necesario entonces recuperar la visión trascendente, aquella por la cual entendemos el trabajo como un proyecto, en donde aportamos con nuestros dones y talentos a la configuración de un mundo mejor, en donde las personas puedan alcanzar su desarrollo integral y dirigirse hacia la plenitud de su existencia.

El trabajo, cualquiera sea éste, tiene la finalidad de satisfacer las necesidades legítimas de las personas; en el fondo las labores cotidianas deberían estar orientadas a servir a los demás, así vemos que el médico sirve a las personas al curar su salud, el arquitecto sirve a las personas al diseñarle una casa o una ciudad mejores, el barrendero sirve a las personas limpiando las calles (dejando así el entorno lo más acorde posible a la dignidad de toda persona), el cocinero sirve a las personas preparando comidas nutritivas y exquisitas, al administrador sirve a las personas al maximizar el valor de los recursos de la empresa para el cumplimiento eficiente de los objetivos de la misma.

Para que la rutina no nos gane es necesario revalorar la dimensión trascendente de nuestro trabajo, el sentido que este tiene, el valor que genera a los demás, el servicio que presta.