Gestión de la Palabra

La palabra tiene una influencia decisiva en las reacciones que provocamos en las personas. Hay que pensar bien lo que vamos a decir, antes de decirlo, porque de actuar irreflexivamente podríamos terminar generando una reacción no deseada, un clima emocional adverso y terminar truncando nuestras relaciones humanas.

Por ello es necesario que primero trabajemos en nosotros mismos, en la maestría personal, en el autodominio, lo cual por ejemplo implica reconocer y superar nuestros miedos e inseguridades. Sucede con mucha frecuencia que si tenemos problemas de valoración personal, cuando nos vemos ante opiniones e ideas de otros distintas a las nuestras, terminamos actuando terca, obstinada y conflictivamente; todo para afirmarnos a nosotros mismos y no sentirnos rechazados, infravalorados o inseguros ante los demás.
El ser humano es una unidad, y la dimensión interna con sus riquezas y pobrezas termina proyectándose en la dimensión externa y dirigiendo nuestro accionar. Por eso que nuestro accionar debe estar movido por una rica vida interior, en donde los problemas personales se hayan o se estén reconciliando.
Por otro lado hay que ser conscientes que para poder hablar primero hay que practicar la escucha profunda de los demás, para esto no podemos quedarnos en las técnicas, sobretodo se requiere de una verdadera conversión del corazón, transformar el corazón de piedra en uno de carne, que lata al unísono con el de los demás y que por lo tanto rompa con las fronteras que lo cierran a los demás, pudiendo ahora sí atender y escuchar de verdad al otro, comprendiendo lo que quiere decir y aquello que subjetiva y objetivamente necesita.
Todo esto permitirá que nos comuniquemos de manera realista con el otro, atendiendo a través de nuestras palabras a su particular circunstancia, la cual comprenderemos si lo hemos escuchado y observado profunda y humanamente, esto último es importante recalcar porque no se trata de actuar como «psicólogos» y tratar a los demás como un caso de estudio, sino de tratar a los demás como personas que tienen toda una complejidad que hay que intentar conocer para saber aproximarnos adecuadamente y tener así relaciones de calidad.
Retomando el tema de la palabra, hay que velar porque nuestras palabras siempre respondan a una finalidad constructiva. Aún si lo que se dice fuera verdad, si no se dice con caridad, no debe decirse y es preferible callar.
Por otro lado se debe pensar bien sobre qué se va a hablar y discernir si lo que se va a decir es verdad, bueno o conveniente. Hay que tener bien presente si aquello que se dice es oportuno decirlo, ya sea por la disposición de quien escucha o por las circunstancias externas en que nos encontremos, como por ejemplo: delante de gente, en medio de una actividad, en plena crisis, etc.

Finalmente hay que ser conscientes del modo en que decimos las cosas, por ejemplo: si muy duros, si muy blandos, si hablamos demasiado fuerte, bajo, lento o rápido, si de manera dispersa o bien enfocada, si nuestros cuerpo expresa lo que nuestras palabras dicen, si nuestra vida habla de aquello que proclamamos, si usamos las palabras precisas, aquellas que no generarán ninguna mala interpretación y si son las que el oyente al que nos dirigimos comprende.
Es pues toda una maestría aprender a usar la facultad del habla, seguramente si adquirimos esta maestría podremos tener relaciones armónicas, ya sea en el trabajo, en las instituciones a las que pertenezcamos, en la familia, con los amigos, en la vida pública, etc…

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